La Traviata
«SEMPRE LIBERA… MI VIDA CORRERÁ LOS SENDEROS DEL PLACER»
Inaugura la 75ª Temporada La Traviata, una de las óperas más populares y representadas de Giuseppe Verdi, que escala al tercer lugar en el ránking de óperas representadas en ABAO a lo largo de su historia.
La Traviata es una de esas óperas que te atrapan desde el primer momento: glamour, amor imposible y emociones al límite. Ambientada en el París más vibrante, la ópera combina elegancia y drama, y es un viaje emocional directo al corazón, que la convierte en un clásico ajeno a las modas.
El elenco está encabezado por dos grandes voces aclamadas internacionalmente: la soprano Jessica Pratt y el tenor Javier Camarena. Jessica Pratt ha consolidado una estrecha relación con el público bilbaíno con sus actuaciones en La sonnambula, Don Pasquale, Lucia di Lammermoor, Les contes d’Hoffmann, I puritani y el concierto Delirio en 2019. Camarena a su paso por ABAO ha dejado grandes recuerdos en Les pêcheurs de perles, Roméo et Juliette y en el Concierto solista que ofreció en 2015.
El maestro Francesco Ivan Ciampa dirige a la Euskadiko Orkestra en esta ópera con melodías que se quedan grabadas, desde el famoso brindis hasta los momentos más íntimos y desgarradores.
En el escenario una producción del Teatro Massimo de Palermo ideada por Mario Pontiggia con la espectacularidad que caracteriza a este director de escena. Presenta una impactante escenografía clásica y tradicional, ambientada en la belle époque con referencias Art Nouveau y Art Déco en un espacio escénico suntuoso adornado por un lujoso vestuario.
Acto I
En el salón de la casa de Violetta Valéry, una fascinante y muy cortejada cortesana de la elegante sociedad parisiense, se celebra una suntuosa recepción. Entre los últimos invitados en llegar, después de haber jugado a las cartas en casa de Flora Bervoix, el vizconde Gaston de Letorières presenta a Violetta a Alfredo Germont, ferviente admirador de la joven: está tan profundamente enamorado –confiesa Gaston– que, cuando ella estuvo recientemente enferma, él acudió todos los días a interesarse en secreto por su salud. Violetta, conmovida por esta inusual devoción, disipa amablemente la timidez de su joven admirador. Animado por sus amigos, Alfredo improvisa un brindis por la belleza y la alegría de vivir. Después de la cena, mientras los invitados se dirigen al salón de baile, Violetta tiene un repentino ataque de tos. Alfredo, que se encuentra a solas con ella, le ruega con cariño que cuide más su salud y le asegura que él sabría cuidarla devotamente. A continuación, con ternura, le declara su amor. Violetta se sorprende y finge indiferencia, respondiendo que él sólo recibirá a cambio la amistad de ella. Sin embargo, en su interior, esta confesión la perturba. Arrancando una flor de su pecho, se la ofrece a Alfredo para que se la devuelva cuando se haya marchitado. Exultante, él lo interpreta como una invitación para volver al día siguiente. Ya ha amanecido y los invitados abandonan la casa después del baile. En soledad, Violetta reflexiona sobre las palabras de amor de Alfredo. Por primera vez, alguien le ha expresado un afecto sincero. Acostumbrada a pasar su vida entre alegrías fugaces y placeres mundanos, ¿debería tomarlo en serio y cambiar su forma de vida? No, decide no perseguir esa estúpida ilusión, aunque en lo más profundo de su corazón siente que el amor de ambos debe ser verdadero.
Acto II
La primera escena se desarrolla en una casa de campo cerca de París, donde Violetta y Alfredo llevan una vida idílica juntos, lejos del torbellino social de la capital. Alfredo expresa la plenitud de su alegría por esta situación de ensueño, que dura ya tres meses. Pero el hechizo lo rompe inesperadamente Annina, la criada, que le dice que ha estado en París por encargo de Violetta, con el fin de vender joyas, caballos y propiedades para pagar los gastos de su estancia en el campo. El orgullo de Alfredo se ve herido y decide marcharse de inmediato para resolver estos asuntos personalmente. Entra Violetta. Está leyendo una carta de Flora, que ha descubierto el refugio de los amantes e invita a su amiga a una recepción esa misma noche. Que espere en vano, dice sonriendo Violetta. Mientras tanto, anuncian una visita. Giorgio Germont, el padre de Alfredo, se presenta a Violetta con aire despectivo, convencido de que es su hijo quien mantiene a esa mujer. Violetta le muestra con orgullo a Germont la escritura de su finca. Germont queda impresionado favorablemente por este gesto. Sin embargo, le pide que se apoye en la fuerza de su amor para renunciar a Alfredo y no arruinar la felicidad de otro miembro de su familia, su hija, cuyo matrimonio con un joven “de buena familia” podría fracasar si no pone fin a la escandalosa relación que mantiene con su hermano. Violetta reivindica los derechos de su amor, informa a Germont de su grave estado de salud y se resiste desesperadamente a sus insistentes súplicas. Pero, al final, cede. Resignada, acepta sacrificar su propia felicidad por el bien de Alfredo y sus seres queridos.
Promete a Germont, que está profundamente conmovido, afrontar sola su inmenso dolor y no revelar nunca a Alfredo por qué lo ha abandonado tan precipitadamente. Está a punto de escribirle una carta de despedida cuando aparece el propio Alfredo, que pregunta a Violetta el motivo de su extraña inquietud. Ella responde con un desgarrador grito de amor antes de marcharse apresuradamente. Más tarde le envía una nota diciendo que ha decidido volver a su antigua vida social y a sus viejos amigos. Alfredo queda profundamente conmocionado. Llega Germont, pero sus cariñosas palabras de consuelo son en vano, a pesar de que le recuerda a su hijo los tranquilos momentos pasados en su Provenza natal, donde le invita a saborear de nuevo el calor del cariño de su familia.
La escena segunda traslada la acción a un salón de la casa de Flora Bervoix. Un baile de máscaras se encuentra en pleno apogeo. Violetta está presente del brazo del barón Douphol, su antiguo protector. Sin esperar encontrar allí a Alfredo, se altera al verlo, pero él finge no darse cuenta. Él se dirige a las mesas de juego, donde gana con la suerte de los intrépidos al tiempo que provoca el resentimiento de Douphol con sus vagas alusiones. El anuncio de la cena evita una pelea y los invitados se trasladan al comedor. Alfredo vuelve a entrar inmediatamente después de haber recibido una invitación de Violetta para hablar con ella. Ella le implora que se marche y no provoque la ira del barón. Además, le confiesa que, si él se diera cuenta, por lo que más teme ella es por la vida de su antigua pareja. Pero Alfredo responde que sólo se marchará si ella le sigue. Violetta se ve obligada a revelar que ha jurado no volver a verlo nunca más. Como Alfredo insiste en saber quién ha tenido el derecho de imponerle ese juramento, ella le da a entender que ha sido el barón. Fuera de sí, presa de los celos y la desesperación, Alfredo convoca a los invitados. Tras confesar su vergüenza por haber permitido que una mujer malgastara su fortuna por él, arroja a los pies de Violetta una bolsa lleno de dinero, proclamando que es la manera de devolverle el dinero que ella había pagado en su día. Violetta se desmaya, mientras que el gesto de Alfredo es recibido en medio de la indignación general. Germont, que ha llegado también entretanto, reprende a su hijo, ya humillado y arrepentido, y se lo lleva, seguido por Douphol, que exige una reparación tras los insultos que ha recibido su pareja.
Acto III
Violetta, cuya enfermedad ya no tiene curación posible, está siendo cuidada por la fiel Annina. Es una mañana gris de invierno. El doctor Grenvil llega e intenta infundir esperanza y valor a su paciente, pero confiesa a Annina que el final está muy cerca. Violetta vuelve a leer la cariñosa carta de Germont que ha recibido, en la que le agradece haber cumplido su promesa. También le informa de que el barón resultó herido en el duelo y que por fin le ha revelado la verdad a Alfredo, quien ahora está a punto de visitarla para suplicarle perdón. Desde abajo llegan los ecos de la música de carnaval y el jolgorio callejero, mientras Violetta contempla con tristeza su pálida imagen en el espejo y se le parte el corazón al recordar los meses felices que pasó con su amado. Pero entonces entra Annina e intenta prepararla para una gran emoción, seguida inmediatamente por Alfredo, que se lanza a los brazos de Violetta. Juntos sueñan una vez más con un futuro radiante. Feliz, Violetta querría vestirse y salir a la ciudad a disfrutar. Pero le fallan las fuerzas y se da cuenta de que no le queda mucho tiempo de vida. Mientras Germont, que se ha reunido con su hijo, la abraza ahora contra su corazón como a una hija, ella le hace entrega a Alfredo de un retrato de sus tiempos de felicidad, rogándole que lo conserve en recuerdo de ella, que lo ha amado tan profundamente, y que se lo ofrezca algún día a la joven que será su futura esposa: en el escenario se encuentran también Annina y el doctor Grenvil. De repente, Violetta se siente revitalizada por una fuerza misteriosa. Tras levantarse, animada por un último anhelo de seguir viviendo, cae muerta en los brazos de Alfredo.
Luis Gago
Escritor, editor y crítico de música de El País. Codirector del Festival de Música de Cámara de la Beethoven-Haus de Bonn. Prepara habitualmente los subtítulos en castellano para la Royal Opera House, la English National Opera y el Digital Concert Hall de la Orquesta Filarmónica de Berlín.