Die Walküre
«LA ÉPICA QUE DESAFÍA A LOS DIOSES»
Inicia 2026 Die Walküre, puro dramatismo wagneriano. En esta segunda entrega de Der Ring des Nibelungen, amores incestuosos, dioses enfrentados y decisiones que cambian destinos, se cruzan en un torbellino emocional que atrapa desde el primer acorde.
Carla Filipcic-Holm, que también debuta, Marko Mimica, Egils Silins, Daniela Barcellona y Ángeles Blancas, completan un elenco principal de primera magnitud.
La dirección musical está a cargo de un gran especialista en el repertorio alemán, Pedro Halffter, al frente de la BOS para abordar esta partitura violenta, que avanza como una ola imparable, arrolladora y cargada de emoción. La célebre «Cabalgada de las valquirias» ofrece una experiencia dramática y envolvente que marca el corazón del ciclo del Anillo.
Estreno internacional de una nueva producción de ABAO Bilbao Opera del director de escena Guillermo Amaya. El director concibe el escenario como un territorio en ruinas que hace visible la fragilidad de los protagonistas de la historia. Con su propuesta inspirada en las obras Germania de Haacke y el cubo monumental Die de Tony Smith, Amaya enfrenta al espectador a la complejidad del discurso wagneriano.
Acto I
El preludio orquestal describe una violenta tormenta. Esta comienza a amainar cuando se levanta el telón y se ve el interior de la cabaña de Hunding. Siegmund entra y se deja caer, exhausto, sobre una piel de oso, donde lo encuentra Sieglinde, la mujer de Hunding. Ella le trae agua y, fascinado por el rostro de Sieglinde, él le pregunta dónde se encuentra. “Esta casa y esta mujer pertenecen a Hunding”, responde ella. Su marido no tiene nada que temer, dice él, ya que se encuentra desarmado y herido. Sieglinde le pide ansiosamente ver sus heridas, pero él aparta sus temores. Su cuerpo es fuerte, le asegura, y si su lanza y su escudo hubieran sido igual de resistentes, no habría tenido que huir de sus enemigos. Pero los destrozaron y lo persiguieron.
Sieglinde le trae un cuerno de hidromiel. Mientras bebe, él se siente cada vez más atraído por ella. Pero, temiendo traerle mala suerte, se dispone a marcharse abruptamente. “¿Quiénes son tus perseguidores?”, le pregunta ella. “Por todas partes me persigue la desgracia”, responde él, y se dirige a la puerta. “Entonces quédate”, exclama ella. “No puedes traer la desgracia donde ya vive la desgracia”. Durante un largo rato se miran profundamente conmovidos. Entonces llega Hunding y exige saber quién es el desconocido. Ella le explica su difícil situación y Hunding le ofrece su hospitalidad de forma brusca. Mientras Sieglinde sirve la comida a los dos hombres, Hunding percibe con disgusto y sospecha lo mucho que se parece el desconocido a su mujer. Le pregunta qué le ha llevado hasta allí y Siegmund responde con evasivas que lo han empujado las tormentas y la necesidad más acuciante. ¿Cómo se llama entonces?, insiste Hunding. Dado que Sieglinde también muestra interés, Siegmund dice que debería llamarse Wehwalt (Afligido), y describe cómo un día regresó de cazar con su padre, Wolfe, y encontró su casa quemada, a su madre asesinada y a su hermana melliza brutalmente secuestrada. Siegmund continúa contando cómo perdió el rastro de su padre y cómo siempre se encontró en conflicto con la sociedad. En una ocasión acudió en ayuda de una joven obligada a contraer un matrimonio sin amor, prosigue su relato; mató a sus salvajes parientes, pero tras arrancarle la lanza y el escudo ya no pudo proteger a la mujer. Ella murió ante sus ojos y él tuvo que huir de la multitud. Hunding se da cuenta ahora de que los hombres atacados por Siegmund eran sus propios parientes y de que está acogiendo al enemigo en su propia casa. Las leyes de la hospitalidad le obligan a dar a Siegmund refugio para pasar la noche, pero por la mañana tendrá que luchar por su vida.
Mientras prepara la bebida nocturna de Hunding, Sieglinde le echa un somnífero; sale de la habitación mirando fijamente a Siegmund e indicando un punto en el tronco del fresno alrededor del cual está construida la habitación. Siegmund, que se ha quedado solo, medita sobre la excitación febril que le ha provocado Sieglinde y sobre su situación de indefensión, añadiendo que su padre le prometió una vez que encontraría una espada en el momento de mayor necesidad. La luz del fuego ilumina el lugar del tronco del árbol donde ahora se ve la empuñadura de una espada clavada en la madera.
Sieglinde vuelve a entrar y narra cómo, en su boda con Hunding, un desconocido vestido de gris, con un sombrero calado sobre un ojo, interrumpió los festejos clavando una espada en el tronco del árbol. Ni siquiera los hombres más fuertes pudieron moverla ni un centímetro. Abrazando apasionadamente a Sieglinde, Siegmund exclama que tanto la espada como ella misma serán suyas: Sieglinde es todo lo que él ha anhelado. De repente, la puerta principal se abre de par en par, revelando una gloriosa noche de primavera con luna llena. Siegmund habla de la primavera y el amor como hermana y hermano, a lo que Sieglinde responde que él es la primavera que ella tanto ha anhelado. El resto del acto es una extática declaración del amor entre ambos. Él admite que Wehwalt ya no es un nombre apropiado. Ella le adjudica entonces el nombre de Siegmund (“Guardián de la Victoria») y, para deleite de la joven, él saca la espada del árbol sin ningún esfuerzo. Ella le dice que ha ganado tanto a la hermana como a la prometida con la espada. Se abrazan con entusiasmo y el telón, al menos en las producciones tradicionales, cae con decorosa rapidez para que no pueda verse lo que no es difícil imaginar que harán ambos a continuación.
Acto II
En una escarpada y rocosa cresta montañosa, Wotan ordena a su hija Brünnhilde (la valquiria que da título a la obra), que se asegure de que Siegmund gane la batalla contra Hunding. Ella se deleita con el grito de guerra de sus hermanas valquirias, pero advierte a su padre que tiene otra batalla entre manos: su esposa Fricka se acerca furiosa en un carro tirado por carneros. Brünnhilde desaparece y Fricka entra enfadada, pero con dignidad. Como guardiana del matrimonio, Hunding ha recurrido a ella para que castigue a la pareja adúltera de los mellizos volsungos. Wotan pregunta qué han hecho mal: simplemente están unidos por el amor. A la queja de Fricka de que han incumplido los votos matrimoniales, él responde que no siente ningún respeto por los votos que obligan a una unión sin amor.
Fricka dirige su ataque a la naturaleza incestuosa de la relación de los mellizos, exigiendo saber si no le importan los valores que mantienen unida a la raza de los dioses. Los dioses necesitan un héroe –responde Wotan– libre de su protección y que sea capaz de hacer lo que ellos no pueden hacer. Si Siegmund no necesita protección, entonces quítale la espada, le espeta Fricka. La débil insistencia de Wotan en que fue ganada por el propio Siegmund en su momento de mayor necesidad queda aplastada por la observación de Fricka de que fue él quien creó la necesidad de Siegmund al proporcionarle la espada. Ella le hace prometer que ni él ni su hija valquiria darán protección a Siegmund en su próxima lucha. Se oye el grito de guerra de Brünnhilde al acercarse, y Wotan, obligado a aceptar la fuerza de los argumentos de Fricka, totalmente desesperado, hace su juramento.
A solas con su hija, Wotan da rienda suelta a su ira y su vergüenza. Brünnhilde le insta a que confíe en ella. Él alberga dudas, porque teme que sea una señal de debilidad. Pero cuando Brünnhilde le sugiere que al hablar con ella está hablando con su propia voluntad, él cede y se embarca en su gran narración. Comienza describiendo cómo, cuando los placeres juveniles del amor se desvanecieron en él, comenzó a codiciar el poder. Dominó el mundo, pero a lo largo del proceso se vio obligado a sellar distintos contratos. Mientras él comenzaba a anhelar el amor de nuevo, Alberich, el enano nibelungo, renunció al amor para adquirir el oro del Rin. El anillo que forjó con él fue robado por el propio Wotan, pero en lugar de devolvérselo a las hijas del Rin, lo utilizó para sobornar a los gigantes.
Luego visitó a Erda, la fuente de la sabiduría ancestral, en las entrañas de la tierra. Aprendió sus secretos y ella le dio a luz a Brünnhilde, que fue criada junto con sus ocho hermanas valquirias (aunque estas no parecen ser hijas de Erda); juntas recogen a los héroes muertos en el campo de batalla para servir a Wotan en Valhalla. Wotan cree que esos héroes lo protegerán de los guerreros que está reuniendo Alberich, aunque el anillo debe mantenerse fuera de sus manos a toda costa. Por lo tanto, Wotan desea ahora recuperar urgentemente el anillo de su actual poseedor, el gigante Fafner, que se ha transformado en un dragón para proteger mejor su tesoro. Sin embargo, Wotan sabe que su fuerza le fallaría si atacara a Fafner, debido al contrato que firmó con él en otro tiempo. Por eso necesita un héroe especial, que pueda actuar como agente libre, pero que luche por los mismos fines a que él aspira. ¿No es Siegmund, el volsungo, ese héroe?, pregunta Brünnhilde. Fricka vio a través de ese autoengaño, responde Wotan. Ahora él debe abandonar lo que más ama; solo anhela el fin de todo su sufrimiento. Ha oído que Alberich ha tenido un hijo: “ojalá herede él aquello que yo detesto profundamente”, declara Wotan con amargura. Brünnhilde debe proteger ahora no a Siegmund en la próxima batalla, sino a Hunding. Ella intenta hacerle cambiar de opinión, pero él se muestra implacable y la amenaza con el castigo más severo si desobedece. Siegmund y Sieglinde entran resollando. Ella, atormentada por la culpa, le ruega que la abandone, pero él sólo jura vengar el daño que le han hecho matando a Hunding. Se oyen cuernos resonando en el bosque y Sieglinde, imaginando febrilmente a los perros de Hunding desgarrando la carne de Siegmund, se desmaya.
A continuación se desarrolla una escena que tiene una importancia trascendental en la tetralogía: el Anuncio de la Muerte. Aparece Brünnhilde y anuncia a Siegmund que debe seguirla al Valhalla. Allí encontrará no sólo al gran Padre de la Guerra (Wotan), sino también a su propio padre, y será atendido por las Doncellas de los Deseos. Cuando se entera de que no puede llevarse a su hermana y esposa, Siegmund decide no ir al Valhalla. Brünnhilde le dice que su destino es inalterable. Ella está angustiada por la evidente devoción que siente por Sieglinde y cuando él amenaza incluso con matarla, en lugar de separarse, Brünnhilde cede y promete proteger a Siegmund, desafiando con ello la orden de Wotan. Siegmund se inclina amorosamente sobre Sieglinde, que se encuentra dormida. Se oye el cuerno de Hunding y, en la lucha posterior, Brünnhilde intenta proteger a Siegmund con su escudo, pero Wotan aparece y rompe la espada de Siegmund con su lanza. Hunding mata a Siegmund, pero Wotan lo mata a su vez a él en un gesto de amarga ira. Wotan se pone entonces en marcha en busca de Brünnhilde.
Acto III
En el Preludio y la Cabalgata de las valquirias, las doncellas guerreras se reúnen en la cima de una montaña rocosa para recoger a sus héroes para el Valhalla. Se dan cuenta de que falta Brünnhilde, pero finalmente la ven llevando en su silla de montar no a un héroe, sino a una mujer. Brünnhilde ruega a sus hermanas que la protejan tanto a ella como a Sieglinde –a quien ha rescatado del campo de batalla– de la furia de Wotan. Ninguna de sus hermanas se arriesga a ayudarla. Sieglinde desea morir, pero cuando le dicen que un volsungo se agita en su vientre, implora a Brünnhilde que la proteja. La instan a huir al bosque y le entregan los fragmentos de la espada de Siegmund, con los que algún día su hijo forjará una nueva arma.
Wotan irrumpe furioso y las valquirias intentan proteger a Brünnhilde de su ira. Él desprecia su débil espíritu y les cuenta el “delito” de deslealtad y desobediencia de su hermana. Brünnhilde se presenta para recibir su castigo y se le informa de que ya no puede ser una valquiria; además, será confinada en un sueño en la cima de la montaña, presa del primer hombre que la encuentre. Las valquirias protestan horrorizadas, pero, bajo la amenaza de recibir el mismo castigo si osan interponerse, se separan y se dispersan.
A solas con Wotan, Brünnhilde le ruega que sea misericordioso con su hija favorita. Le cuenta cómo el volsungo le conmovió el corazón y cómo decidió protegerlo, sabiendo que ese era el deseo más íntimo de Wotan. Este hace oídos sordos a sus súplicas y se enfada al recordar a los volsungos. Su intención es dejarla tendida durmiendo en la roca, para que la reclame el primer hombre que la encuentre. Brünnhilde suplica que al menos se le evite la desgracia de una unión innoble: que la rodee un círculo de fuego que disuada a todos excepto al más valiente de los héroes. Profundamente conmovido, Wotan levanta a Brünnhilde, que estaba arrodillada a sus pies, y la abraza. Canta apasionadamente sobre la inspiración de los ojos relucientes de ella y, recostándola sobre una roca, los besa para cerrarlos. A continuación llama a Loge y le indica con su lanza dónde debe encender el fuego alrededor de la roca. Wotan abandona el lugar con tristeza.
Luis Gago
Escritor, editor y crítico de música de El País. Codirector del Festival de Música de Cámara de la Beethoven-Haus de Bonn. Prepara habitualmente los subtítulos en castellano para la Royal Opera House, la English National Opera y el Digital Concert Hall de la Orquesta Filarmónica de Berlín.