ACTO I.
“El vive! En el Milán reconstruido, cerca de las murallas.
Los soldados procedentes de varios puntos del norte de Italia se reúnen a las puertas de la ciudad. Arrigo surge de entre la multitud para saludar a su amada Milán. Rolando, muy sorprendido, pues daba a su amigo por muerto en el campo de batalla, se acerca a saludarle efusivamente. Todos ellos juran solemnemente defender Milán hasta la última gota de su sangre.
En un lugar sombreado. Las mujeres celebran la llegada de los soldados. Lida está triste y entre lágrimas lamenta no poder unirse a la fiesta, ya que tanto su padre como sus hermanos han muerto en combate. Marcovaldo intenta cortejarla en vano, pues ella le rechaza. Imelda interrumpe el cortejo al anunciar la vuelta de su esposo, Rolando, que llega acompañado de Arrigo. Lida es incapaz de ocultar la súbita y tremenda alegría que le embarga al conocer la noticia de la llegada de su antiguo prometido, a quien abandonó para casarse con Rolando. Este hace pasar a Arrigo y le presenta a su esposa, ofreciéndole hospitalidad durante su estancia en Milán. Una vez solos, Arrigo acusa a Lida de haber roto su juramento y haberse casado con otro; ella implora su compasión, explicándole que llegaron noticias de su muerte y se encontraba huérfana y completamente sola.
ACTO II.
Barbarroja.
Una magnífica sala en el ayuntamiento de Como. Los ciudadanos de Como, antiguamente enemistados con los milaneses, se alegran de las enormes dificultades que el emperador germano Barbarossa está causando a sus viejos rivales. Arrigo y Rolando se presentan ante el consejo municipal para solicitar ayuda militar, defendiendo apasionadamente su causa política. Antes de que puedan terminar son interrumpidos por el mismísimo Barbarossa, que ordena abrir las ventanas para mostrar el poderío de las tropas alemanas en su máximo esplendor. Pero Arrigo y Rolando no se arredran, confiando en el extraordinario poder de un pueblo que busca su libertad.
ACTO III.
La Infamia Una cripta subterránea en la basílica de San Ambrogio, Milán.
Los Caballeros de la Muerte sellan un pacto para vengar la muerte de sus antepasados. Arrigo, sintiéndose obligado por el destino, decide unirse a ellos y es bienvenido. Todos juntos proclaman un juramento de fidelidad.
Lida ha oído la noticia de que Arrigo se ha enrolado en las filas de los Caballeros de la Muerte y le ha escrito una carta, intentando disuadirle, que ahora entrega a Imelda. Rolando está listo para partir hacia el campo de batalla y entra a despedirse de su esposa e hijo. Antes de que se marche hace su aparición Arrigo, y Rolando le confiesa sus miedos ante el peligro de la próxima batalla; invocando su amistad, el duque le suplica que cuide de su familia en el caso de que muera en combate. Los amigos se abrazan y Arrigo se marcha. Rolando se prepara para salir pero Marcovaldo reclama su atención inmediata: ha interceptado una carta de Lida y quiere enseñársela. Furioso e indignado, Rolando jura vengarse de su esposa y su amigo.
Una sala en lo alto de la torre. Solo en el balcón, Arrigo decide escribir una carta de despedida a su madre, cuando es sorprendido por Lida, que se acerca para confesarle su amor. La tierna escena de reconciliación se ve interrumpida por la voz de Rolando, que viene en busca de su amigo. Lida se ve obligada a esconderse en el balcón, y Rolando la encuentra. Descubierta la traición, los amantes suplican desesperadamente la muerte, pero el esposo ofendido tiene otros planes. Arrigo escucha la llamada de las trompetas, convocando a los miembros de los Caballeros de la Muerte, y se prepara para unirse a ellos. En ese mismo instante, Rolando sale corriendo de la sala, cerrando la puerta con llave y condenando al traidor a la deshonra al faltar a su palabra y desatender la llamada de los Caballeros. Desesperado, incapaz de soportar la vergüenza y el deshonor, Arrigo se arroja al foso desde lo alto de la torre al grito de “¡Viva Italia!”
ACTO IV.
¡Morir por la patria! El coro canta en el interior de la iglesia.
Imelda consuela a Lida confirmándole que hay testigos que vieron cómo su amor sobrevivió a la caída y dio alcance a los Caballeros de la Muerte. Ambas se unen al coro en una oración interrumpida por el alboroto en la distancia que anuncia la victoria sobre la armada alemana. Todos se unen en un himno festivo que termina con los ecos de una marcha fúnebre: son los Caballeros de la Muerte portando a Arrigo malherido. Sus últimas palabras están dedicadas a ensalzar la pureza del corazón de Lida, a quien declara completamente inocente ante su esposo antes de morir abrazando la bandera. |