ACTO I.
En un café de Nápoles.
Ferrando y Guglielmo proclaman las virtudes de sus prometidas, las bellas hermanas Fiordiligi y Dorabella, pero Don Alfonso duda. Los jóvenes se aprestan a defender el honor de sus damas con la espada, pero el viejo filósofo se limita a tildarlos de ingenuos por confiar en la constancia femenina; después de todo, una mujer fiel es como el ave fénix: todos han oído hablar de ella pero nadie la ha visto. Don Alfonso apuesta 100 cequíes a que la fidelidad de las jóvenes no resistiría siquiera un día en ausencia de sus amantes y se presta a probarlo si los dos soldados se avienen a seguir sus instrucciones y cortejar cada uno, bajo un disfraz, a la prometida del otro.
En un jardín frente a la bahía de Nápoles (por la mañana). Las hermanas manifiestan el amor que sienten por sus prometidos, cuando don Alfonso las interrumpe con una terrible noticia: sus galanes han sido convocados a filas por orden del rey y desean despedirse de ellas. Las jóvenes se derrumban angustiadas y ellos juran escribirles a diario; el filósofo apenas puede aguantar la risa ante el fingido dramatismo de la escena. Resignadas ante la inminente marcha de sus prometidos, confían en que vuelvan sanos y salvos.
En casa de las jóvenes, Despina se dispone a catar el delicioso chocolate que acaba de preparar, cuando sus desconsoladas señoras irrumpen en la sala. La joven sirvienta se burla de ellas, invirtiendo el credo de su alter ego, don Alfonso: ya que no cabe esperar que los hombres, especialmente los soldados, sean fieles, las mujeres deberían pagarles con la misma moneda y buscarse otros amantes. Don Alfonso convierte a Despina en cómplice inocente de su plan pero, a pesar de sus esfuerzos, los jóvenes disfrazados de Albaneses son furiosamente rechazados. Guglielmo hace gala de sus atractivos encantos para seducir a las damas pero sólo consigue que abandonen rabiosas la sala. El filósofo pide calma: la partida no ha hecho sino empezar.
En el jardín (por la tarde). Presas de la nostalgia, las hermanas languidecen. De repente se escuchan los gritos de Don Alfonso, que intenta en vano impedir que los Albaneses, desesperados por su amor no correspondido, se envenenen con arsénico. Despina y el filósofo salen en busca de un médico, dejando a los pobres moribundos al cuidado de las jóvenes. Disfrazada de doctor, la sirvienta se sirve de un supuesto imán para magnetizar el efecto del veneno y salvar a los Albaneses, quienes, muertos de la risa, fingen despertarse en el paraíso y solicitan un beso de sus adoradas. Ellas responden furiosas, sintiéndose ultrajadas, pero Despina y don Alfonso están convencidos de que, tarde o temprano, caerán en la trampa.
ACTO II.
Una habitación de la casa.
Siguiendo el plan de Don Alfonso, Despina convence a las confusas hermanas de que no hay nada malo en el coqueteo inocente. Después de todo, el arte de la seducción es la base para dominar a un hombre. Intrigadas y hasta cierto punto divertidas, las damas se reparten a los candidatos: Dorabella se quedará con Guglielmo y Fiordiligi con Ferrando, replicando así las parejas elegidas por los Albaneses.
El jardín a orillas del mar (al anochecer). Despina y Don Alfonso rompen el hielo entre las parejas con una lección de etiqueta: ellos se disculpan y ellas hacen borrón y cuenta nueva. Por fin solos, Guglielmo consigue, sin que Dorabella ofrezca mayor resistencia, reemplazar el retrato de Ferrando que cuelga de su cuello con un corazón, sellando la traición. Fiordiligi, por el contrario, se debate entre la fidelidad y la tentación. Ante la rabia furiosa de Ferrando, ultrajado y rechazado, Guglielmo adopta la pose de Don Alfonso y defiende el honor de las damas, a pesar de esa imperdonable tendencia a la infidelidad natural en ellas. Ferrando se prepara para la última mano.
Una habitación con varias puertas, un espejo y una mesa. Despina alaba la actitud de Dorabella, pero Fiordiligi está resuelta a no ceder ante los avances del supuesto Albanés. Bajo la atenta y oculta mirada de los caballeros, la virtuosa dama se prepara para vestir el uniforme y partir al frente en busca de su amado Guglielmo. Movido por el ansia de venganza, Ferrando corteja a Fiordiligi con renovado ardor, hasta que, con voz trémula, cae rendida en sus brazos. Guglielmo, otrora tan comprensivo, reacciona con rabia. Don Alfonso les brinda la única venganza posible: el matrimonio. Al fin y al cabo, las mujeres son como son, y "todas son iguales”.
Una sala preparada para una boda. Las parejas se preparan para contraer matrimonio. Despina, disfrazada de notario, lee las condiciones del contrato nupcial y las hermanas se aprestan a firmarlo, cuando una marcha militar anuncia la llegada de sus prometidos. Los soldados reaccionan con fingida indignación ante el descubrimiento de Despina y los papeles del contrato. Las damas se defienden acusando al cruel de Don Alfonso y a su cómplice, pero ellos ponen fin a la farsa al admitir el engaño. |