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ARGUMENTO
Opera Les Contes D`Hoffmann
Béla Bartók (1881-1945)
Opera Les Contes D`Hoffmann
Richard Strauss (1864-1949)
22, 25, 28 de septiembre y 1 de octubre de 2007
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En la entrada del castillo, Barba Azul da la bienvenida a su recientemente desposada esposa, Judit, invitándola a reconsiderar su decisión de vivir con él. La familia de Judit sufre con amargura su ausencia, pero ella se reafirma en su elección. Al cerrarse definitivamente las puertas del castillo, percibe que no hay ni una sola ventana que permita la entrada de la luz del sol; además, las paredes están húmedas, como si los muros lloraran en silencio. Barba Azul le ofrece por última vez la posibilidad de volver con los suyos y disfrutar de una vida feliz, pero ella insiste en quedarse. Cuando él le pregunta por sus razones, Judit elude parcialmente la respuesta, prometiéndole que se encargará de secar las lágrimas de los muros y de calentar e iluminar el triste, oscuro y gélido castillo. Pero para ello, Barba Azul deberá mostrarle lo que se esconde tras cada una de las siete puertas visibles en él. Barba Azul se muestra reticente, pero Judit insiste y, al golpear la primera de las puertas, se ve sorprendida por un suspiro cavernoso, que parece proceder del castillo mismo. Ignorando esta señal, convence a su esposo para que abra la primera puerta, que muestra la cámara de tortura del castillo. La visión de los instrumentos de tortura hipnotiza a Judit, que se muestra horrorizada ante la sangre que tiñe las paredes de la cámara. Pero, decidida a conseguir su objetivo, identifica el rojo intenso con el color del amanecer y confiadamente solicita el resto de las llaves. Al reconocer que su sincero amor por él es la única razón que la mueve a abrir todas las puertas, Barba Azul claudica y le entrega la segunda llave, que da paso a la armería del castillo. Las numerosas y amenazadoras armas de batalla, también teñidas de sangre, son fiel reflejo del poder y la crueldad del dueño del castillo, que de nuevo intenta hacer desistir a Judit de su empeño. Ella se muestra inflexible, pues su amor exige conocer todos sus secretos, y él accede a entregarle tres llaves más, a condición de que no haga pregunta alguna sobre lo que vea en el interior de las estancias. Tras la tercera puerta se esconde la cámara del tesoro, con montañas de oro y gemas preciosas, y la cuarta da paso a un maravilloso jardín secreto. En ambos casos, Barba Azul ofrece a su esposa todas sus posesiones, ignorando la sangre que tiñe las perlas y las blancas rosas, y animándola con vehemencia a abrir la quinta puerta. Con asombro, Judit admira las vistas del reino de su esposo en todo su esplendor, pero se distrae ante la visión de unas sombras teñidas de sangre. Barba Azul concentra su atención en alabar la nueva luz que se disfruta en su castillo gracias a ella, sugiriendo que su tarea ha concluido. Pero Judit, obsesionada con los secretos de su esposo, es incapaz de contenerse. Un profundo y sollozante suspiro anuncia la apertura de la sexta puerta, revelando entre sombras un lago de lágrimas. Perdida toda esperanza, Barba Azul suplica que se mantenga el secreto de la última puerta, pero Judit manifiesta un súbito interés por sus anteriores esposas, cómo y cuánto las amó. En vano intenta él impedir sus preguntas, y cuando ella exige saber qué se esconde tras la última puerta, calla, haciendo así que Judit crea en la veracidad de los rumores que afirmaban que Barba Azul había asesinado a todas sus esposas; de ahí la sangre y las lágrimas. Con absoluta frialdad, él le entrega por fin la última llave, que permite a Judit conocer a sus tres ex-esposas, a las que él identifica como sus amores de amanecer, mediodía y atardecer, respectivamente. Judit tan sólo alcanza a admitir su inferioridad y falta de méritos ante su presencia, pero su esposo la considera la más bella de todas, destinada a reinar sobre sus noches en cuanto ocupe el lugar que le corresponde, junto a ellas. Las cuatro esposas vuelven a la estancia, al otro lado de la puerta, dejando a Barba Azul solo, en la oscuridad de sus memorias.
Durante la larga ausencia del rey Agamemnon en la guerra de Troya, su esposa Klytämnestra había tenido un amante, Aegisth. Aprovechando su baño ritual de bienvenida, la adúltera pareja le había asesinado, enviando seguidamente a su hijo Orest al exilio. Elektra, otra hija de Agamemnon y Klytämnestra, vive desde entonces una situación insostenible, en especial por su implacable sed de venganza. Bajo la estricta vigilancia de la superintendente, las cinco siervas sacan agua del pozo. Es la hora del crepúsculo y se preguntan si, como de costumbre, Elektra aparecerá para lamentarse por la muerte de su padre. Al verlas, la joven princesa se cubre el rostro con un brazo y huye. Las siervas chismorrean sobre Elektra, pero la más joven sale en su defensa, presentándola como un ser noble y víctima de un maltrato escandaloso. Furiosa, la superintendente arrastra a la joven sierva hasta un cuarto, donde su insolencia es recompensada con una paliza. Sola en escena, Elektra rememora con detalle la muerte de su padre, imaginando su vuelta como espectro para asistir con aprobación a su sangrienta venganza. A continuación, ella y sus hermanos sacrificarían a los caballos y perros de la casa real en su honor y bailarían a su alrededor, como homenaje al rey que fue. La presencia de Chrysothemis fuerza a Elektra a volver a la realidad y prestar atención a su advertencia: Aegisth y su madre planean encerrarla en un oscuro torreón. Ante la desafiante reacción de Elektra, su hermana suplica compasión. Su padre ha muerto, su hermano no da señales de vida, y ellas viven en el palacio cual si fuera una prisión. Si no fuera por el tremendo odio y la rebeldía de Elektra, su madre y su consorte les dejarían marchar y ella podría disfrutar de una vida plácida y normal, tener hijos y cuidar de ellos. Las súplicas de Chrysothemis se ven interrumpidas por ruidos de gente al aproximarse y ella explica, aterrorizada, que se trata de Klytämnestra. Al parecer, su madre ha tenido un sueño sobre Orest, en el que gritaba pidiendo auxilio como si estuviera siendo estrangulada. Chrysothemis huye a esconderse. Klytämnestra se encuentra al límite de sus fuerzas: hace varias noches que monstruosas pesadillas le impiden conciliar el sueño y necesita desesperadamente un ritual que alivie su angustiada alma. Sospecha que Elektra tiene poderes clarividentes y, aprovechando su aparente docilidad, le pide humilde consejo. Su hija está de acuerdo: es necesario un sacrificio. Con lujurioso detalle, Elektra describe cómo su hermano Orest deberá perseguir a Aegisth y a su madre por todo el palacio con el hacha sagrada. Sólo así su alma encontrará el ansiado descanso. Ante la terrorífica visión, Klytämnestra se ha quedado sin habla, pero una noticia de última hora le permite recuperarse y abandonar triunfalmente la escena. Chrysothemis se apresura a comunicárselo a su hermana: Orest ha muerto. Un joven sirviente solicita un caballo para salir en busca de Aegisth y contarle la buena nueva. Con sus sueños de venganza rotos, Elektra intenta convencer a su hermana para que le ayude a llevar a cabo el matricidio. Aprovechando el poderoso influjo que el deseo de maternidad ejerce sobre Chrysothemis, alaba su cuerpo núbil y promete convertirse en su esclava si acepta colaborar. Pero, en el último momento, Chrysothemis escapa aterrorizada. Elektra deja escapar una maldición y comienza a buscar el hacha enterrada con que su padre Agamemnon fue asesinado. La visita de un extraño encuentra a Elektra removiendo la tierra. Al principio, él la toma por un miembro de la servidumbre pero, a medida que ella lamenta la desgracia de su familia, él, Orest, adivina su identidad. Elektra se asombra al ver que unos viejos sirvientes se arrojan ante el joven señor para besarle los pies y entonces reconoce a su querido Orest. Los hermanos se funden en un abrazo, y la visita llena de esperanza a Elektra, que se avergüenza por su aspecto descuidado. Orest le tranquiliza: tiene una misión que cumplir y es consciente de su deber. Su tutor les interrumpe y recomienda prudencia. Los dos hombres entran en el palacio. Elektra recuerda el hacha, pero es demasiado tarde: el grito de Klytämnestra desgarra el tenso silencio. Chrysothemis y las cuatro siervas se reúnen aterrorizadas en el patio, junto con otros sirvientes, cuando se anuncia la llegada de Aegisth. Todos huyen despavoridos, excepto Elektra, que le dedica una cordial bienvenida cargada de ironía y danza a su alrededor con una antorcha para alumbrar su entrada al palacio. Momentos después es visto en la ventana, en un último intento de escapar de sus asesinos. Las hermanas están exultantes y Elektra celebra su venganza con una frenética danza. Chrysothemis reaparece justo a tiempo de presenciar el colapso de su hermana; golpea la puerta del palacio, pero Orest no responde.
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