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PRÓLOGO. Un grupo de músicos que prepara una representación de la ópera seria "Ariadne" se contrapone a otro grupo de comediantes que prepara la representación de una commedia dell'arte. El Compositor de la ópera, su profesor El Maestro de música, los cantantes de los papeles principales -La Soprano y El Tenor- y El Peluquero son alegorías, como también lo son los comediantes, es decir, Zerbinetta con sus cuatro compañeros Arlequín, Brigüela, Scaramuccio y Trufaldín, más su gestor El Maestro de danza. Los dos grupos se enfrentan uno a otro, y también lo hacen los integrantes de cada grupo entre sí, especialmente los de la ópera seria. El Hombre Más Rico de Viena, un conde que ha encargado la ópera, nunca aparece en persona, pero está presente a través de su personal, El Mayordomo y El Criado. El Mayordomo defiende contra El Maestro de música la idea de que el poder económico del conde le da derecho a tomar cualquier decisión sobre lo que ha encargado, por encima del valor artístico que esgrime el pedagogo como argumento. El Compositor sufre muchas dificultades: tiene que constatar que los violines están ocupados tocando música de fondo para los invitados durante la cena en vez de hacer un último ensayo con él, no logra hablar con los protagonistas de su ópera, no es avisado de que va a haber una especie de ópera bufa después de su ópera seria, padece las interferencias imprevistas de la atractiva Zerbinetta, y sufre los cambios de opinión de su profesor, El Maestro de música, entre una defensa de los altos valores artísticos y las exigencias pragmáticas. Todos se ven obligados a combinar la ópera seria con la cómica a causa de una decisión tomada en el último momento por El Hombre Más Rico. El Maestro de danza no ve ningún inconveniente, El Maestro de música se define pragmáticamente, y El Compositor, al ver comprometido el sentido más profundo de su obra, quiere renunciar. Pero el argumento del Maestro de danza de que sería mejor representar la obra con algunos cambios que no representarla nunca, y la atracción que siente por Zerbinetta, vencen sus dudas, y efectúa los cortes necesarios. Zerbinetta, por su parte, utiliza su poder sobre él para modificar su punto de vista sobre el papel de Ariadna en la ópera. Al Compositor, con todo, le surgen serias dudas sobre su aceptación, pero El Maestro de música le recuerda que es él quien lo ha permitido.
OPERA. Náyade, Dríade y Eco cuentan que suelen ver a Ariadna llorando día y noche. Ella, al despertar, se pregunta si está viva o muerta. Después de que tres de los comediantes expresen su temor sobre la dificultad de consolarla, ella recuerda sus mejores días junto a Teseo y desea volver a ser la muchacha que fue entonces, pues ahora sólo piensa en morir. Los comediantes creen que Ariadna se ha vuelto loca, y Zerbinetta sugiere cantarle una canción, pero se dan cuenta de que esto no ayuda nada. Ariadna espera que Hermes se la lleve consigo al reino de los muertos, y los comediantes vuelven a intentar animarla, pero, al ver que no lo consiguen, Zerbinetta los expulsa.
Zerbinetta opina que en el pecho de cada mujer late el mismo corazón inescrutable, y sigue argumentando su parecer incluso después de que Ariadna se haya marchado. Lamenta la infidelidad de los hombres, pero confiesa que ella, siempre impulsada por la necesidad y no por el capricho, tampoco puede ser fiel. Arlequín constata entonces que este sermón tampoco ha sacado a Ariadna de su desolación, e intenta seducir a Zerbinetta, pero, cuando está a punto de lograrlo, los otros compañeros les interrumpen. Todos se proponen dejar de intentar consolar a Ariadna, mientras cada uno de los hombres intenta obtener los favores de Zerbinetta. Ella, a su vez, va coqueteando con todos, uno por uno, y al final se queda con Arlequín.
Náyade, Dríade y Eco cuentan que han encontrado a un hermoso joven, Baco, que aparece en persona y explica en primer lugar que su reciente estancia con la hechicera Circe no le ha cambiado; poco después, ya no está tan seguro, y, al final, termina intentando vencer fuertes dudas sobre ello. Ariadna se siente atraída por su voz; al poco, piensa que es la de Teseo o la de Hermes y le saluda como dios de la muerte. Baco se pregunta si Ariadna podría ser otra Circe que quizás intente transformarle; Ariadna le contesta que ha esperado mucho tiempo al propietario de un oscuro barco que debería llevarla al otro mundo, pero Baco le dice que no morirá mientras esté en sus brazos. Entonces, Ariadna se da cuenta de que el hombre que ha llegado no es el dios que esperaba, y Baco, por su parte, se da cuenta de que ella tampoco es la hechicera que pensaba haber vuelto a encontrar. Los dos se dan cuenta también de que ya se han involucrado demasiado el uno en el otro, y que no hay vuelta atrás: se ven transformados por el amor y, renovados, se hallan ante el comienzo de una nueva vida. Como colofón, Zerbinetta vuelve a insistir en su interpretación del papel de Ariadna.